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viernes, 21 de marzo de 2025

Los jardines de la villa

  Los Jardines de la Villa 


Cuentos y relatos cortos  de Antonio Encinas Carranza


La luz de la luna apenas iluminaba los contornos de la villa, proyectando sombras alargadas y distorsionadas sobre los altos muros y sobre las personas, las que parecían fantasmas
 y el silencio era casi absoluto que fue roto solo por el lejano ulular de un búho y el susurro del viento al chocar contra las copas de los árboles.
Era medianoche y los hombres llegaron a la hora acordada, en un auto negro de lunas polarizadas, se estacionaron cerca a la puerta principal de la villa, luego se les acercó otro hombre que había estado vigilando y controlando quién entraba o salía de la villa y uno de los hombres que parecía estar a cargo de la operación bajó del auto con sigilo, asegurándose de que nadie los estuviera observando y notaron que en la entrada de la mansión de arquitectura francesa o cháteau, similar a un castillo había una reja de hierro forjado y que estaban algo oxidadas, esas rejas antiguas eran pesadas y estaba asegurado con 2 candados grandes antiguos que protegían a la mansión de estilo victoriano, de 2 pisos y grandes ventanas protegidas también con rejas de fierro forjado, al centro y sobre la puerta principal de la mansión había en el segundo y tercer piso varias ventanas y 2 hermosos balcones; ventanas y balcón estaban cubiertas de finas y hermosas cortinas de encajes y rodeados de plantas trepadoras y flores de diversos colores, donde se distinguid principalmente el rojo, amarillo y lila.
El techo era a 2 aguas y rodeando la casa un camino empedrado con lajas de piedra. 
Los muros que rodeaban a la mansión tenían 2 metros de altura y al centro de los jardines había una hermosa fuente redonda de agua, con una sirena al centro y rodeándola 4 tritones surtidores de agua rodeándola.
Luego buscaron como ingresar a la villa que estaba cercada por altos muros que rodeaban los jardines y señaló los candados de la reja oxidada, otro miembro del grupo rápidamente sacó una herramienta envuelta en tela para evitar que el metal hiciera ruido y rompió el candado tratando de hacer el menor ruido posible, con manos expertas, manipuló los candados hasta que uno de ellos cedió con un leve "clic". 
Justo en ese instante, un sonido seco y fuerte resonó dentro de la mansión, en ese mismo instante, una de las luces del segundo piso se apagó abruptamente, era como si alguien los estuviera esperando adentro y los hombres se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración. 

- Ustedes los vieron
Murmuró muy quedo uno de los hombres con la voz tensa
El líder no respondió de inmediato, miró a su alrededor, asegurándose de que no hubiera alarmas o cámaras escondidas, luego hizo una señal para que continuaran.
El segundo candado cedió y la reja se abrió con un chirrido metálico que parecía amplificarse en la quietud de la noche. 
Ingresaron con rapidez, pegándose a la sombra de los muros y avanzando por el camino de piedra que llevaba a la puerta principal.
Cuando estaban a mitad de camino, una brisa helada recorrió el jardín, haciendo crujir las hojas secas esparcidas en el suelo. 


Los 4 individuos al ver que era difícil ingresar a la mansión, se acercaron al auto, abrieron la maletera y sacaron palancas y una palanca pata de cabra con la que rompieron los candados y abrieron las puertas logrando entrar con bastante sigilo, pero al abrir la puerta se dieron cuenta que era muy pesada y rechinaron los dientes con su chirrido abrupto que alertó a los guardianes.
Los guardias se detuvieron en seco al ver caer a los perros, sus cuerpos inmóviles sobre el sendero de piedra. La sorpresa los paralizó por un instante, pero pronto intentaron reaccionar. Uno de ellos llevó la mano a su cinturón, quizás para sacar un arma o activar una alarma, pero el líder de los intrusos se adelanto y le disparó matándolo al instante

- Ni lo pienses.
Dijo con voz fría, apuntándole directamente al pecho.
El guardia herido gruñó de dolor, llevándose una mano al brazo sangrante, pero mantuvo una mirada desafiante. 
Su compañero, en cambio, levantó las manos de inmediato.

- Suéltalo.
Ordenó el líder, señalando la cadena del segundo perro aún en manos del guardia herido
Con una mueca de rabia, el hombre obedeció, dejando que la cadena cayera al suelo con un tintineo metálico.
El silencio se hizo espeso en el aire. 
Desde la mansión, las cortinas de una de las ventanas se movieron apenas, como si alguien estuviera observando la escena.
Uno de los intrusos se acercó a los guardias, revisándolos con rapidez.

- No están armados.
Informó en voz baja.
El líder asiste.

- Ahora ¿qué? 
Preguntó uno de los intrusos.
El líder miró hacia la mansión

Al sentir el ruido los guardianes de la mansión se acercaron corriendo, uno de ellos contenía a 2 perros pitbull con bozal y uno con corres y el otro con cadena.
Los recién llegados sacaron sus armas y dispararon a los perros matándolos al instante, las armas contaban con silenciadores y los guardias fueron obligados a rendirse, solo el que llevaba a los perros recibió un roce de una bala que no le causó mucho daño.
Los guardias se rindieron y fueron amarrados con las correas y cadenas de los perros y luego los amordazaron, luego recibieron las amenazas de muerte si no obedecían las ordenes que les lanzaron los recién llegados.
Estos personajes estaban vestidos todo de negro y usaban sombreros negros de ala ancha y curvados hacía adelante, también llevaban mascarillas negras, uno llevaba un pañuelo negro que le tapaba la boca.
Una vez doblegados los guardianes, los recién llegados cruzaron los amplios jardines hasta llegar a la casa antigua y abrieron la amplia puerta de 2 hojas y se quedaron admirados del estilo neoclásico de su arquitectura y el inmenso escalera que se bifurcaba en 2, toda de mármol de Carrara, así como los pedestales con los bustos de los antiguos propietarios que habían sido caballeros antiguos pertenecientes a una familia de rancio abolengo muy antigua.
Era de noche y los faroles de la entrada de la mansión estaban encendidos, pero las luces que emitían eran tenues y convertían al jardín en un lugar fúnebre, donde las sombras se alargaban y parecían que perseguían a las personas, también daban la sensación de ser personajes liberados de algún hechizo olvidado.
Dentro de la casa, en el amplio salón de entrada el péndulo del viejo reloj se detuvo a la hora exacta que ocurrió el crimen y al huir el asesino se detuvo frente al espejo gótico y al mirarse su imagen quedó atrapada.
Unos cuervos que anidaban en los vetustos y centenarios árboles del jardín se incomodaron con el ruido y comenzaron a a graznar y a alertar a sus congéneres, produciendo pánico entre las demás aves que se asustaron y levantaron vuelo desordenado, causando extrañeza y produciendo que se levante una gran polvareda mezclada con plumas sueltas por el fuerte aleteo.

sábado, 22 de febrero de 2025

Lio de cocheros del siglo XVIII

 Lio de cocheros del siglo XVIII 

(Relato revelador sobre la rígidas normas de conducta de una época pasada)

Relatos de Antonio Encinas Carranza

Ventana al pasado
El Transporte en el Siglo XIX: los carruajes y carretas eran el principal medio de transporte en las ciudades y estos eran arrastrados por caballos, los cocheros, por lo tanto, desempeñaban un rol importante en la vida cotidiana de la élite.
Allá por los años 1800, a fines del siglo XIX, a eso de la 10 am varios carruajes estaban estacionados en la Plaza principal, también llamada Plaza de la Alameda, que era y todavía es un importante, público y muy concurrido, un punto de encuentro de la sociedad citadina y 
donde muchas veces y a pesar de la gran concurrencia de gente algunas veces las tensiones sociales podían manifestarse. 
En el siglo XIX los carruajes y carretas en un gran número circulaban por la ciudad, iban y venían y el coche del patrón era jalado por un caballo, el cochero Juan Valdez aguardaba al prospero empresario quién a su vez era consejero del Ayuntamiento.
Cerca a una de las esquinas un cochero estaba descansando, su patrón era un prospero comerciante y a la vez funcionario público, por lo tanto pertenecía a la élite social de la ciudad y estaba realizando una diligencia en una dependencia estatal y ya se había retirado al cumplir con sus compromisos legales y tributarios y se estaba encaminando hacia la esquina donde estaba su carruaje, porqué era alrededor de las 10 p.m. de un día de la semana, en aquella época, esta hora ya se consideraba tarde, y era momento de que las familias regresaran a sus hogares, ya era hora de retirarse a su casa a descansar, en ese punto habían otros coches esperando, cuando de pronto se originó una gresca entre varias personas y uno de ellos fue el agresor quién actuó violentamente movido por el resentimiento atacó con un arma blanca y por una acciòn vil para tomar venganza, fue detenido por un grupo de cocheros quienes actuaron en un gesto de solidaridad, lo cogieron del cuellos y los brazos y lo tiraron al piso donde procedieron a agredirlo, hasta pisarle el cuello para inmovilizarlo.
Justo en ese momento llegó el patrón y reconoció al detenido, este había sido su cochero anterior, quién fue despedido por sobrepasarse en sus atribuciones, siempre fue tratado como un miembro mas de la familia del patrón, entraba en la casa sin permiso, ingresaba al baño familiar e iba hasta la cocina sin solicitar el permiso respectivo y lo mas agravante es que tuteaba a la esposa y a la hija del patrón, cosa como estas y otras mas que no les agradaba a la familia, transgrediendo los limites sociales de esa época, que eran tan riguroso para mantener las jerarquías sociales de esa época, el tuteo a la esposa e hija del patrón, así como su mal comportamiento dentro de la casa transgredieron los límites de su posición y estos eran consideradas faltas graves de respeto. 
Este incidente refleja la importancia del respeto a las altas clases sociales y marcaba el mantenimiento de las distancias entre los servidores y los patrones que existía por aquella época.
Al ser despedido por su comportamiento inapropiado, Juan Rigal que así se llamaba el resentido y vengativo ex cochero, se había quedado picado y decía que era una injusticia lo que habían hecho con el, el tenía carga familiar y la vida era dura y juró vengarse.
Ese día a las 10 pm aproximadamente, pasaba por la zona donde trabajaba su ex patrón y al ver al nuevo cochero descansando lo increpó fuertemente:

- Desgraciado, me has quitado el trabajo y a mi nadie me hace eso, me las vas a pagar maldito.

Luego lo atacó con un arma blanca, mientras los otros conductores y los vecinos que transitaban despreocupadamente por la plaza quedaron sorprendidos por que ese lugar era un espacio tranquilo, era un espacio de solaz, por donde las personas transitaban con mucha seguridad.
El cochero herido cayó al suelo sujetándose el brazo sangrante, mientras algunos testigos gritaban en busca de ayuda, los otros cocheros, en un acto de solidaridad, no dudaron en someter a Juan Rigal, doblegándolo, tirándolo al piso y atándolo con sus propios cinturones hasta que la policía llegó.
El nuevo cochero, aún en estado de shock, se sujetaba la herida mientras era atendido por un comerciante cercano que tenía conocimientos básicos de primeros auxilios.
El ataque de Juan Rigal tuvo un impacto inmediato en la plaza, la gente, acostumbrada a transitar con tranquilidad por la Alameda, se detuvo alarmada y con horror al ver la pelea, pero la reacción de los otros conductores fue veloz y el atacante fue rápidamente reducido y sujetado en el piso y lo amarraron para que no escape y luego llamaron a la policía, quienes al llegar lo detuvieron y pasaron a tomar declaraciones del agraviado y de los testigos.
En esos precisos momentos llegó el patrón, al reconocer al atacante como su antiguo cochero, frunció el ceño y Juan Rigal, con el rostro desfigurado por la rabia y la humillación, escupió al suelo y gritó:
- ¡Usted me arrebató todo! ¡Mi trabajo, mi dignidad, mi vida! ¿Y ahora me manda a la cárcel? ¡Esto no se acaba aquí!

- Llévenselo a la dependencia policial, este hombre es un peligro para todos.
El nuevo cochero, aún en estado de shock, se sujetaba la herida mientras era atendido por un comerciante cercano que tenía conocimientos básicos de primeros auxilios.
La multitud no dejaba de murmurar, ya tenían tema para rato.
- Si comadre yo lo vi con mis propios ojos.
 
En una sociedad donde las jerarquías eran sagradas, un ataque de esta índole era más que un simple acto de violencia; era un desafío al orden establecido y se castigaba con mucha fuerza.
Los rumores sobre el incidente se extendieron rápidamente y, al día siguiente, los periódicos locales hablaban del "Asalto a medio día en la Alameda", subrayando la audacia de Juan Rigal al atacar a un empleado de la élite dorada y gobernante.
Mientras tanto, en la comisaría, Juan Rigal esperaba su destino, estaba tras las rejas y sabía que la justicia rara vez favorecía a los de su clase y que el castigo sería severo. Pero en su mirada había algo más que miedo: un brillo de determinación, para él, esta historia aún no había terminado, solo esperaba salir en libertad para ver que medidas tomaba, aunque la cordura y la sensatez aconsejaban tener mesura en sus decisiones.
La Plaza de la Alameda, en el siglo XIX, era el corazón de la ciudad y d
urante el día, era un punto de encuentro de comerciantes, damas de la alta sociedad y burócratas que discutían los asuntos del gobierno.  
Los ciudadanos respetables se retiraban temprano, dejando las calles a los vigilantes, los bohemios y aquellos que buscaban problemas. 
Era en este ambiente donde la tensión social podía aflorar, donde la diferencia entre ricos y pobres se hacía más evidente y donde, como en el caso de Juan Rigal, los resentimientos podían convertirse en violencia.
Días después, en la mansión del patrón, la tensión se hacía evidente, la esposa y la hija del empresario no podían dejar de hablar del incidente. 
Aunque el cochero herido se recuperaba, el temor persistía en la casa, temían que los fuera a atacar.

- No lo hará. 
- Está tras las rejas
 Respondió el empresario con firmeza, aunque en el fondo sabía que la amenaza de Juan Rigal aún flotaba en el aire.

Sin embargo, la noticia de su encarcelamiento no puso fin a la inquietud. 
Al caer la noche, el nuevo cochero miraba con recelo cada sombra en la calle. 
Otros empleados hablaban en susurros, recordando historias de antiguos sirvientes que, resentidos, habían causado problemas.
Mientras tanto, en la cárcel, Juan Rigal no se doblegaba. 
Su rabia no disminuía y sus pensamientos se concentraban en una única idea: escapar. Entre rejas, hizo amistad con otros reclusos que, como él, sentían que la vida los había tratado injustamente. Poco a poco, una idea fue tomando forma en su mente: un plan para recuperar su libertad y saldar cuentas pendientes.
Durante el día, era un punto de encuentro de comerciantes, damas de la alta sociedad y burócratas que discutían los asuntos del gobierno. 
Los cocheros, siempre en la sombra, esperaban a sus patrones con paciencia, compartiendo entre ellos historias de la ciudad y sus habitantes. 
Pero cuando caía la noche, la atmósfera cambiaba. 
Los faroles iluminaban tenuemente los adoquines y el sonido de los cascos de los caballos resonaba fuerte y con eco. 

El ataque de Juan Rigal tuvo un impacto inmediato en la plaza. 
La gente, acostumbrada a transitar con tranquilidad por la Alameda, se detuvo con horror al ver la pelea. 
El cochero herido cayó al suelo sujetándose el brazo sangrante, mientras algunos testigos gritaban en busca de ayuda.
Los otros cocheros, en un acto de solidaridad, no dudaron en someter a Juan Rigal, atándolo con sus propios cinturones hasta que la policía llegó.
El patrón, al reconocer al atacante como su antiguo cochero, frunció el ceño. Juan Rigal, con el rostro desfigurado por la rabia y la humillación, escupió al suelo y gritó:
El nuevo cochero, aún en estado de shock, se sujetaba la herida mientras era atendido por un comerciante cercano que tenía conocimientos básicos de primeros auxilios. 
El patrón, visiblemente molesto, se dirigió a los oficiales con tono firme:

- Llévenselo. Este hombre es un peligro para todos.

En una sociedad donde las jerarquías eran sagradas, un ataque de esta índole era más que un simple acto de violencia; era un desafío al orden establecido. 
Los rumores sobre el incidente se extendieron rápidamente y, al día siguiente, los periódicos locales hablaban del "asalto nocturno en la Alameda", subrayando la audacia de Juan Rigal al atacar a un sirviente de la élite.

Mientras tanto, en la comisaría, Juan Rigal esperaba su destino. 
Sabía que la justicia rara vez favorecía a los de su clase y que el castigo sería severo. Pero en su mirada había algo más que miedo: un brillo de determinación. 
Para él, esta historia aún no había terminado.
Días después, en la mansión del patrón, la tensión se hacía evidente. 
La esposa y la hija del empresario no podían dejar de hablar del incidente. 
Aunque el cochero herido se recuperaba, el temor persistía en la casa.
El nuevo cochero, aún en estado de shock, se sujetaba la herida mientras era atendido por un comerciante cercano que tenía conocimientos básicos de primeros auxilios.
- No lo hará. Está tras las rejas.
Respondió el empresario con firmeza, aunque en el fondo sabía que la amenaza de Juan Rigal aún flotaba en el aire.
Sin embargo, la noticia de su encarcelamiento no puso fin a la inquietud.
 Al caer la noche, el nuevo cochero miraba con recelo cada sombra en la calle. 
Otros empleados hablaban en susurros, recordando historias de antiguos sirvientes que, resentidos, habían causado problemas.
Mientras tanto, en la cárcel, Juan Rigal no se doblegaba. 
Su rabia no disminuía y sus pensamientos se concentraban en una única idea: escapar. 
Entre rejas, hizo amistad con otros reclusos que, como él, sentían que la vida los había tratado injustamente. 
Poco a poco, una idea fue tomando forma en su mente: un plan para recuperar su libertad y saldar cuentas pendientes.
La Plaza de la Alameda, en el siglo XIX, era el corazón de la ciudad. 
Durante el día, era un punto de encuentro de comerciantes, damas de la alta sociedad y burócratas que discutían los asuntos del gobierno. 
Los cocheros, siempre en la sombra, esperaban a sus patrones con paciencia, compartiendo entre ellos historias de la ciudad y sus habitantes. Pero cuando caía la noche, la atmósfera cambiaba. 
Los faroles iluminaban tenuemente los adoquines y el sonido de los cascos de los caballos resonaba con eco. 
Los ciudadanos respetables se retiraban temprano, dejando las calles a los vigilantes, los bohemios y aquellos que buscaban problemas. 
Era en este ambiente donde la tensión social podía aflorar, donde la diferencia entre ricos y pobres se hacía más evidente y donde, como en el caso de Juan Rigal, los resentimientos podían convertirse en violencia.
El tiempo pasó y, una noche oscura y silenciosa, un grupo de reclusos llevó a cabo un motín en la cárcel y en el caos, Juan Rigal logró escapar con la ayuda de algunos compañeros, sabía exactamente a dónde ir: tenía cuentas pendientes con su ex patrón.
Días después, rumores de su fuga llegaron a oídos del empresario. 
La preocupación en la mansión creció, se reforzó la seguridad, se enviaron mensajes a las autoridades y se tomaron medidas extremas para proteger a la familia.
Pero Juan Rigal no atacó de inmediato, sabía que el miedo podía ser más poderoso que un golpe certero y empezó a enviar cartas anónimas, con amenazas veladas y recuerdos de su tiempo en la casa, a veces dejaba marcas en la puerta, pequeños signos de que había estado cerca. 
El empresario, que siempre se había mostrado imponente, ahora dormía con un ojo abierto y con un revólver bajo la almohada.
Una noche, en un intento desesperado por acabar con la amenaza, el empresario organizó una emboscada con la policía en los alrededores de la mansión y allí, en la penumbra de la Plaza de la Alameda, se encontraron cara a cara: patrón y ex cochero.

- Sabía que vendrías 
Susurró el empresario.

- Siempre supe que esto no había terminado 
Respondió Juan Rigal con una sonrisa amarga.
La tensión fue insoportable. 
De pronto un disparo rompió la calma de la noche y la historia de Juan Rigal, el cochero que desafió las reglas de su época, había llegado a su final, pero su sombra, su nombre, y el eco de su venganza quedarían grabados en la memoria de la ciudad para siempre.
El ataque ocurrido aquella noche no solo dejó un herido y un detenido, también dejó en el aire una pregunta incómoda: 

- ¿Hasta cuándo podrían las jerarquías de la ciudad mantenerse sin que alguien más intentara romperlas?

sábado, 1 de junio de 2024

El gigante egoísta (Oscar Wilde)

  El gigante egoísta


Cuento de Oscar Wilde:

Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera, sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí.
En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. 
Entonces el granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.

-¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la primavera.
Dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.
Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. 
Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. 
Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

–¡Qué felices somos aquí! –se decían unos a otros. 
Pero un día el Gigante regresó. 
Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish, y se había quedado con él durante los últimos siete años. 
Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. 
Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín.

–¿Qué hacen aquí? 
Surgió con su voz retumbante.
Los niños escaparon corriendo en desbandada.

–Este jardín es mío, es mi jardín propio.
Dijo el Gigante
– Todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí.
Y de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía:

ENTRADA  PROHIBIDA BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES

Era un Gigante egoísta…
Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar; hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, estaba plagada de pedruscos, y no les gustó. 
A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás.

–¡Qué dichosos éramos allí! –se decían unos a otros.
Cuando la Primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. 
Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el Invierno todavía. 
Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. 
Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida.
Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la Nieve y la escarcha.

–La Primavera se olvidó de este jardín –se dijeron–, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año.
La Nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la Escarcha cubrió de plata los árboles. 
Y en seguida invitaron a su triste amigo el Viento del Norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. 
Y llegó el Viento del Norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas.

–¡Qué lugar más agradable! 
–Tenemos que decirle al Granizo que venga a estar con nosotros también.
Y vino el Granizo también. 
Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. 
Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo.

– No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí.
Decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco
- Espero que pronto cambie el tiempo.
Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco el verano, pero el otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

– Es un gigante demasiado egoísta.
Decían los frutales.
De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el Invierno, y el Viento del Norte y el granizo y la escarcha y la nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles.
Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. 
Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. 
En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. 
Entonces el granizo detuvo su danza, y el Viento del Norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas.

–¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la Primavera 
Dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana.

¿Y qué es lo que vio?

Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. 
A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. 
En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. 
Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. 
Era realmente un espectáculo muy bello. 
Sólo en un rincón el Invierno reinaba. 
Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. 
Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente.
El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse.

-¡Sube a mí, niñito! 
- Decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño.

El Gigante sintió que el corazón se le derretía.

- ¡Cuán egoísta he sido! –
Exclamó:
- Ahora sé por qué la primavera no quería venir hasta aquí. 
Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. 
Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños.
Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho.
Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. 
Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en Invierno otra vez. 
Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. 
Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la Primavera regresó al jardín.

–Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos –dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro.

Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás.
Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante.

– Pero, ¿dónde está el más pequeñito? 
Preguntó el Gigante:

– ¿ese niño que subí al árbol del rincón?
El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso.

–No lo sabemos –
Respondieron los niños

– Se marchó solito.
– Díganle que vuelva mañana 
Dijo el Gigante, pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes y el gigante se quedó muy triste.
Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante, pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. 
El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él.

–¡Cómo me gustaría volverlo a ver! 
Repetía el gigante.
Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín.

–Tengo muchas flores hermosas, pero los niños son las flores más hermosas de todas.
Una mañana de Invierno, miró por la ventana mientras se vestía. 
Ya no odiaba el Invierno pues sabía que el Invierno era simplemente la Primavera dormida, y que las flores estaban descansando.
Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró…
Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. 
En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas. 
Todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. 
Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos.
Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. 
Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo:

- ¿Quién se ha atrevido a hacerte daño?
Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies.

- ¿Pero, quién se atrevió a herirte? 
Gritó el Gigante
- Dímelo, para tomar la espada y matarlo.
- ¡No!
Respondió el niño:
- Estas son las heridas del Amor.
– ¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? –preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño.
Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo:

– Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso.
Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas.