El Párroco del Templo Gótico
Sobre las puertas de la Catedral Gótica se elevan sendas y gigantescas torres terminadas en agujas puntiagudas.
El estilo arquitectónico del templo es el gótico con sus torres puntiagudas, sus rejas de fierro forjado y sus inmensos ventanales a colores, fue construido en el siglo XV con muros de piedra y cubiertos del frío mármol, de naves amplias y techo muy alto, donde hasta el silencio tiene eco y los pasos te siguen en un silencio sepulcral,
Al ingresar se siente frío, un frío suave pero que cala hasta el alma y te obliga a cruzar los brazos, a abotonar el saco o casaca, es el frío suave producido por la solemnidad del templo y su inmensidad que te invita a caminar sin hacer ruido, no vayas a interrumpir un rezo de algún anónimo feligrés o al coro del que solo quedó el eco de los salmos y del Ave María, y con temor parecía que la puerta se cerraba a mis espaldas y el aire se vuelve más frío, como de esas grandes cuevas del cuaternario y sus paredes de piedras calizas de periodo geológico del cretácico superior o del paleolítico, y en él se amalgaman los olores del incienso que impregna telas, imágenes y altares, el de maderas y barnices viejos y el de la cera que se derrite lenta e incesantemente en velas que consumen plegarias y las convierten en humo, avanzo por el pasillo central, entre las filas, ahora vacías, que forman los macizos y oscuros bancos de madera.
Aquí, en la iglesia, bajo su bóveda, alta y hueca, cualquier sonido parece un eco lejano: el de mis propios pasos, una tos de mujer que parece surgir del aire mismo, el chirrido de una reja o un quejido de madera enferma, todos los sonidos se convierten en clara manifestación del silencio, no lo alteran, lo componen, del mismo modo que el zumbido de una abeja o el soplido de una súbita ráfaga de viento dan profundidad al silencio en un prado.
En el piso dentro de sus muros fríos, húmedos y oscuros se encuentran las tumbas de muchos ciudadanos honorables, algunos potentados y varios políticos, con pasado turbulento y molestos con los compañeros que le tocaron en el último viaje, pero que pudieron pagar su tumba en los sótanos de la Catedral Gótica.
Entre el coro y el Presbiterio hay una larga loza liza y fría con el nombre de un obispo Archidiocesano y es la tumba que lo recuerda y está llena de flores.
En una de las naves laterales entre los altares menores se encuentra una pequeña puerta de madera rustica, es la puerta de la sacristía por donde ingresa el sacerdote para dar la misa y al terminarla retorna a la puerta la traspasa y desaparece continuando con los misterios de las iglesias góticas.
En el centro y en la parte alta hay una enorme bóveda octogonal que se sostienen sobre 4 enromes arcos góticos, mientras que el silencio recorre los oscuros pasillos laterales, una paloma que ingresó curiosa vuela asustada y con sus aleteos que retumban en todo el templo rompe el silencio y todos los presentes levantan la mirada curiosa y se persignan disimuladamente por el temor que les causan los pecados escondidos, esos que nunca descargan en los confesionarios por temor al castigo que les pueda imponer el sacerdote.
A lo alto de las naves laterales se ven hileras de innumerables ventanas ojivales en las que aparece que asomaran los ojos del tiempo y entre columna y columna se encuentran los altares laterales donde están la efigies de los santos con sus nombres tallados en la base y en un costado cerca a la salida hay una puerta ancha de madera de doble hoja, tallada que lleva a los claustros silenciosos de un convento.
También y a pesar de la amplitud de los ventanales ojivales en las naves laterales que se mantienen firmes por las inmensa columnas macizas y que a pesar de la amplitud y altura siempre se refleja la oscuridad y un sentimiento de frialdad que despiertan las energías de la fe dormidas
Mirar arriba, hacía lo alto y al ver los arcos ojivales o apuntados de los ventanales, los inmensos vitrales que dan la sensación de respeto a las imágenes que contienen, muchas de ellas son pasajes bíblicos, llenas de color y al alumbrar el Sol los rayos solares invaden de colores al templo medieval.
El púlpito vacío se pierde en la amplitud de la nave donde retumba un sermón que rebota en lo más alto de la cúpula de la nave central y es más intenso que el eco de la montaña, los feligreses invisibles sueltan un amén silencioso que alarga la última silaba.La puerta de la sacristía está abierta y al pasar miras de reojo, pero con algo de temor, sin saber que hay dentro del pequeño recinto, pero algo te dice que posiblemente este conectado con pasajes subterráneos o quizás con catacumbas antediluvianas,
La oscuridad es más notorio en la inmensidad de la nave central y de tanto mirar absorto tuve que bajar la cabeza y buscar refugio cuando de pronto una lechuza levantó vuelo y se colocó sobre el órgano del coro que estaba en un segundo nivel al fondo y frente al Altar Mayor.
En el inmenso Altar Mayor, un sacerdote invisible ingresa y canta el Introito de la misa o canto de entrada y unas voces agudas femeninas cantan el Ángelus y después los Salmos de David acompañadas por las notas tristes de un órgano medieval y un clavicordio de cuerda percutida y sonido lleno de lamentos.
Multitud de voces se levantan en oraciones irrumpiendo en la quietud del templo invadiendo los oídos de los pecadores que arrodillados en los confesionarios narran sus aventuras pecaminosas, algunos exagerando y otros reduciendo el pecado para menguar la pena: "solo Dios sabe la verdad y ante el me confieso" pero no se salvan de la ira de un cura que los manda a purgar sus pecados rezando un Padrenuestro y 15 Ave Marías, desde donde estoy se escuchan los golpes de pecho y son más continuos y las voces de los: por mi culpa, por mi culpa y por mi gran culpa y cada vez es más continua la letanía y los golpes de pecho a pesar de la lejanía.
Retrocedían hacía la puerta, lentamente, el silencio invade la mente, retrocede el tiempo, vuelvo a recorrer la naves laterales llenas de altares y retablos y el olor a flores invade los pulmones; el olor a incienso invade la mente y el olor a cirios invade los recuerdos.
Se siente la necesidad de arrodillarse, inmediatamente después también se siente la necesidad de meditar y rememorar en como pasó el tiempo pasado y si fue tiempo perdido o ganado.
El eco de un ruido hace voltear la cabeza buscando al culpable de romper la quietud del silencioso templo donde parece que el tiempo ya no existe allí, porque todo se quedó en el pasado.
Es tanta la impresión que te sientes obligado a persignarte y a mojar los dedos en la pila de mármol del agua bendita, pero también se siente una honda impresión que te puede causar taquicardia o vértigo o mareos al ver tan belleza extraña compuesta de la luz que se filtra por los ventanales de forma de arcos o ojivas y que se mezcla con los colores, hay tanta belleza, tanta grandeza que uno se siente pequeño, microscópico y al pasar por un confesionario caminas en punta de pies, no vaya a ser que distraigas al padre confesor o espantes los pecados del que se esta confesando y peor sería si el padre se da cuenta de tu presencia y te llame para que te confieses, algo que no haces desde que diste la Primera Comunión y lo peor sería que te quedes mudo delante del padre por que te has olvidado de los tremendos pecados que cometiste en tu vida y que ya no quieres recordar,. Al salir pisas suave, temes que el Párroco del Templo Gótico te pregunte:
- ¿Cuándo regresas?
Y con el corazón empequeñecido y arrugado sales en silencio, con las cabeza gacha y las manos recogidas, sin pensar en regresar, no te vayan a pedir cuentas; estas en pecado y no te confiesas desde que diste la Primera Comunión, en silencio y compungido sales sin voltear a mirar el templo que va quedando atrás como los recuerdos de los amores imposibles.
El padre Alberto de la Orden de los Predicadores de Santo Domingo, tonsurado y con el habito clerical era español, llegó a la ciudad hace muchos años y estaba bien compenetrado con el templo
El cura tenía voz de barítono, algo ronco, de voz más baja que la del tenor, pero más alta que la de un bajo y cuya tesitura era viril y algo gruesa y cuando cantaba El Ángelus su voz resonaba en todo el templo, la voz la atrapaban los muros de adobe y rebotaban en las paredes y cuando todos se retiraban y cerraban las puertas, adentro se escuchaban los coros y repicaban las campanas y el temor se extendía por toda la ciudad, parecía que anunciaba que era hora del arrepentimiento, que el pecado debía de desaparecer porque pronto llegaría el Apocalipsis.