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lunes, 18 de octubre de 2021

El bosque encantado

 El bosque encantado


Cuento para niños


En un paraje lejos de la ciudad había un bosque grande y brumoso de difícil acceso, era un bosque encantado lleno de inmensos árboles, de troncos gruesos y corteza arrugada, de copa amplia y ramas llenas de nidos y los nidos llenos de hambrientos pichones que reclamaban sus alimentos piando y clamando, eran polluelos de diferentes especies de aves que esperaban ansiosos que llegara la madre para que les cayera la comida en el buche y les calmara el hambre.
Los árboles eran tan altos que mirándolos desde el suelo parecía que con sus ramas tocaban y se abrazaban con las nubes blancas que habían en esos lugares, las nubes eran tan blancas que parecían copos de algodón y tenían diferentes formas y la gente se entretenía adivinando a que se parecían, había una en forma de corazón y más allá había otra de forma almohadón.
El bosque estaba atiborrado de arbustos, matas y matorrales, habían tantos que invadían las sendas que marcaron las manadas de cabras y ciervos que transitaban por estos lugares buscando un arroyo o una lagunilla donde hubiera agua fresca para calmar su sed; estos caminos los utilizaron los antiguos pastores, los cazadores y leñadores y que hoy siendo tan escasos ya no abren nuevos caminos, ahora buscan ingenieros para construir las pistas de los caminos.
Con el tiempo este bosque fue abandonado por los hombres al encontrar otros más cercanos a sus hogares y el bosque encantado se quedó solo y se llenó de maleza, las lianas colgaban de las ramas de los árboles y las arañas tejieron sus telas, cada vez más extensas y no se podía caminar sin tropezarse y quedarse atrapado y con los 2 brazos había que librarse y las arañas se molestaban que les destruyeran  sus hermosas telas de arañas que tanto trabajo les había costado tejerlas.
Todo el día y todos los días el bosque estaba solitario y parecía dormido, solo los insectos aparecían y a nadie disgustaba.
En invierno la bruma invadía el bosque llenó de sombras y aparecieron nuevos habitantes, como esos hombrecillos pequeños que parecían niños y que visten de verde, usan gorros con una borla, cinturón ancho con hebilla grande, brillante y botas de cuero negro que parecía que los lustraban a diario, unos decían que son gnomos, otros decían que son duendes, ellos vivían entre los matorrales y no les importaba como les llamaban ni les interesaba los que pensaba la gente, ellos vivían como mejor les convenía.

Pero había ciertos días en que el bosque se llenaba de alegría, pues aparecían los hombrecillos, tocando sus instrumentos de música, bailando y con la alegría de su música, su canto y con el alboroto surgían de entre los matorrales los demás habitantes del bosque y se llenaba de pajaritos, roedores, insectos y algún venado distraído que pasaba de casualidad y también llegaban otros animalitos de los bosques vecinos, el bosque cambiaba de aspecto y se llenaba de luces y lo mas bonito es que de los árboles bajaban las ninfas que los habitaban y se ponían a bailar y cantar. 
Las ninfas del bosque eran hermosas doncellas de fino mirar, cabelleras al viento, vestidos pegados al cuerpo, andaban con los pies desnudos y de su sonrisa emanaba la dulzura por el que las flores respondían agitando sus pétalos para que el polen saliera disparado y cubriesen los campos para que germinasen los valles y floreciesen los desiertos.
Las ninfas  vivían en los inmensos árboles y los protegían y limpiaban de las malezas, las telarañas, hongos y líquenes, ellas viven bailando y cantando y acompañaban a los duendes que tenían su orquesta y juntos cantaban y bailaban y llenaban el bosque de inmensa alegría y se alimentaban de frutas silvestres, mieles y dátiles y bebían las savia de los árboles y de las plantas.
Los duendes y las ninfas duermen de día y enamoran de noche y si por casualidad te pierdes en el bosque, las ninfas acuden en tu ayuda y si tienes buen corazón y tienes el alma limpia te llevan de la mano y te ayudan a encontrar la salida y te sacan del bosque, pero si tienes mucha maldad en el alma entonces se encargan los duendes y te llevan de la mano hasta el centro del bosque y te abandonan en la oscuridad.

Autor: Antonio Encinas Carranza

De: Lima, Perú
D. R.